Si pudiera sentarme frente a mi problema, intentaría describirlo. Decir que tiene por ejemplo ojos de tristeza, que guarda cierta agonía en su mirada, como si intentara sobrevivir al deseo de morir. Vería en sus modos la forma exacta del desinterés, podría afirmar su falta de motivación, lo vería dar vueltas en la cama de día y también de noche. Lo vería renunciar a sus sueños y caer en la procastinación frente a sus proyectos. Le pondría mi mismo nombre y apellido y dejaría que él me escriba un texto breve en donde me caracteriza. Y le pondría como título su definición fundamental: Problema.