Hay un poema que se escribe solo.
Nadie lo llama, se acerca despacito.
Se escabulle entre todos los anteriores.
Quiere ser escuchado. Es pequeño.
Parece un conejito de Cortázar.
Arrojado sobre la alfombra y luego
escondido en el bolsillo de un blazer.
Ese poema no es grandilocuente
como un soneto o como una décima.
Pero tampoco es nimio como un haiku.
Es más bien el intermedio
entre un relato y una reflexión.
Es una perífrasis extendida,
un pensamiento libre,
una pintura en abstracto,
pero sin líneas,
el poema es una voz
que de un momento a otro
calla.