Hay una isla deshabitada,
a donde nadie quiere volver.
El miedo dirige la canoa
y toda vez que aparece
su sombría sombra al acecho,
el timón toma otro rumbo.
Esa isla guarda agradable
los gratos recuerdos de antes.
Juegos de niños junto
a los grandes, y juegos
de grandes de cuando niños.
Sensaciones de ansias,
satisfactorios miedos
hechos de júbilo jovial
y de fácil felicidad fugaz.
Pero esa isla ahora yace
dulcemente deshabitada.
Los niños se han ido
para convertirse en adultos.
Salieron corriendo
detrás del tiempo
que le prometió un futuro
y les devolvió el absurdo
de una vida lejos de la isla,
acaso el único lugar,
en donde sus sueños
hechos de olvido y de risa
tenían en aquel entonces
verdadera materialidad.