Uno pone la primera ficha en la vida desde muy niño sin darse cuenta. A partir de entonces la partida está predestinada, uno puede ir y venir por los hexágonos, pero vendrán de frente los conflictos adversos. La vida misma jugando sus movimientos. El juego podría terminar repentinamente sin que uno haya llegado hasta el otro lado. Sin embargo, no hay forma de dejar de agregar las fichas, estas se caen de la mano como la arena. Casillero a casillero uno va avanzando por caminos equívocos, a veces a intervalos y a veces en líneas zigzagueantes. Siempre pensando en el otro lado, el éxito, la felicidad o la trascendencia. Siempre una promesa sempiterna. Siempre una victoria no se sabe demasiado bien por qué. Hay quienes descubrieron que la vida es un campo de 11 filas y columnas de cruces hexagonales y enloquecieron determinando sus formas y recorridos específicos para llegar al otro lado. Y así, perdieron la sensación de la intuición, la caricia del azar y el regocijo de la contemplación. El control de la incertidumbre deviene en la propia entropía del pensamiento. El juego siempre es para ser jugado.